
«Soberanía de papel: la historia de un país entregado por quienes prefieren ser capataces de Washington que ciudadanos de Colombia.»
La historia de la oligarquía colombiana es la crónica de una traición. Desde la entrega de Panamá hasta el servicio servil a la United Fruit Company, las élites liberales y conservadoras han actuado como capataces de intereses ajenos. Mientras el pueblo pone los muertos y la miseria, los «dueños del país» gestionan sus fortunas en Miami, disfrutando el desarrollo que su propia mezquindad le niega a Colombia.
Hoy, el escenario se repite. Bajo excusas recicladas como la lucha contra el narcotráfico —negocio cuya rentabilidad nace en Wall Street—, se pretende pisotear la autonomía regional por puro interés extractivista. La soberanía no es un capricho ideológico; es la base de cualquier nación digna.
Si la oposición permite que potencias extranjeras amenacen al gobierno de Gustavo Petro, estará admitiendo que Colombia no es una democracia, sino un feudo. Defender la institucionalidad hoy no es una cuestión de afecto político, sino de dignidad nacional: ¿Somos una república soberana o simplemente una oficina de despacho para los intereses de Washington




