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LA CULTURA DE GUERRA DE LA DERECHA: cuando el odio político pone en riesgo a Colombia

PETRO

«Hay quienes prefieren ver a Colombia arrodillada ante una bota extranjera que verla gobernada por alguien que no les gusta. La reciente captura de Nicolás Maduro no solo desnudó la fragilidad de las fronteras, sino algo mucho más oscuro: la sed de intervención de una derecha colombiana que, en su odio a Petro, está dispuesta a subastar la soberanía nacional. No es democracia lo que piden, es una guerra ajena en suelo propio.
​Voy a hablar claro, porque este tema no da para tibiezas. Hay una facción del uribismo que parece tener una obsesión peligrosa con la violencia; una fascinación casi infantil por la intervención extranjera, como si las bombas cayeran lejos o como si el fuego no fuera a cruzar la frontera.

​El odio como estrategia política.
​Desde que Estados Unidos capturó a Maduro, no han faltado las voces celebrando y suplicando que “ojalá hagan lo mismo en Colombia”. No se equivoquen: no lo dicen por amor al país, ni por una defensa genuina de las instituciones. Lo dicen por una rabia visceral contra Gustavo Petro; una sed de castigo que ciega cualquier análisis de seguridad nacional.
​La derecha colombiana lleva décadas alimentando una lógica simplista: creen que todo se arregla con mano dura y el enemigo eliminado. No dialogado, no contenido, sino borrado del mapa. Por eso no les duele pedir que otro país venga a “organizarnos la casa”. En su narrativa, la soberanía es un estorbo y la vida civil solo un conjunto de “daños colaterales”. Eso no es hacer patria, eso es promover una cultura de muerte

​Petro no defendió a un hombre, defendió una nación.
​Aquí es donde muchos, por conveniencia política, deciden hacerse los brutos. Gustavo Petro no reaccionó para salvar a un individuo. Reaccionó para proteger el precedente de autonomía de Colombia. Si hoy permitimos que se ignore la frontera para capturar a un vecino, mañana la excusa será cualquier otra para intervenir en nuestras propias plazas.
El abismo de la «solución» extranjera
​La historia es terca y no olvida: los países que invitan a los gigantes a pelear en su jardín terminan siempre con las flores pisoteadas y la casa en ruinas. Quienes hoy piden «una intervención a lo Maduro» para Colombia, olvidan —o no les importa— que la guerra no es un espectáculo de televisión. La guerra es desplazamiento, es hambre y es la pérdida total del control sobre nuestro propio destino.
​El odio ciego al proyecto de la Colombia Humana no puede ser la excusa para entregar las llaves de nuestra soberanía. Porque cuando se abre la puerta a la injerencia extranjera, esa puerta nunca vuelve a cerrarse del todo.

La dignidad no es negociable
​Hoy la pregunta no es si se apoya o no a un gobierno vecino. La verdadera pregunta es qué tipo de país queremos ser: ¿Una nación con la frente en alto que resuelve sus conflictos desde la autonomía, o un peón en el tablero de las potencias, mendigando intervenciones que solo dejan cenizas?
​Gustavo Petro ha entendido que defender la frontera es defender la paz de los colombianos. La derecha, en cambio, parece preferir las cenizas, siempre y cuando esas cenizas le pertenezcan a su enemigo político. Es hora de decidir si seguimos alimentando una cultura de guerra o si, por fin, aprendemos a respetar la bandera que juramos proteger. La soberanía no se subasta por odio.

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